viernes, 9 de abril de 2010

Bajo el Monte de Venus (I)

Intro: Una leyenda pagana para un mundo cristiano

La leyenda de Tannhäuser y su estadía en Venusberg, al igual que la del iniciado Fausto o la del Santo Grial, pueden considerarse propiamente leyendas literarias, antes que leyendas de índole popular o de tradición oral; ello no obsta, sin embargo, para que sus fuentes manen sin duda de ese estrato común que son las tradiciones de más profunda raigambre mítica (gestadas en épocas arcaicas y pre-cristianas), relatos y ritos que han pervivido en Europa, bien que distorsionados, por el olvido de sus origenes paganos, o bien por la necesidad de ocultar dichas creencias frente al poder fáctico (y, se entiende, cristiano).

Por ello, si bien, a lo largo de la historia, la leyenda de Tannhäuser ha sido desarrollada, expandida, re-escrita y modificada, sobre todo, por artistas y literatos de variado ámbito, los ingredientes individuales, el entorno e incluso la estructura dramática de la narración legendaria, son tomados de distintas tradiciones paganas o arcaicas (así, por ejemplo, el acceso al reino subterráneo desde montículos sagrados; o el intento de desposamiento con la reina feérica, fata encantanda, o como quieran llamarla); no así la inesperada resolución final de la leyenda, donde ya se puede ver la asimilación ecléctica y la pervivencia de un mundo mágico y mítico, inserto en el sistema de creencias propio del cristianismo europeo medieval- con lo que ello conlleva de prejuicio.

De esta manera, el mundo pagano popular, que les era en gran parte ajeno, sólo podía ser entendido por estos artistas y literatos, desde el filtro de su propia educación clásica (y, por ende, racional); un reino feérico, pagano y pre-patriarcal, sólo podía ser imaginado por poetas, teólogos y compositores, como el reino donde la voluptuosa Venus se refugió, junto con su corte de ninfas, sátiros y demás.

Afrodita y su corte, según el Bronzino
(a ver cuántos símbolos e interpretaciones
esconde esta pintura)

Con todo, una de las primeras noticias que se tienen de Venusberg, este reino-refugio fundado en un elusivo monte de los Alpes por la mítica Afrodita para protegerse de la amenaza del cristianismo, es por parte del clérigo dominico Johannes Nider, en su obra de 1437 titulada Formicarius; en ella, aparte de tomar a las hormigas como modelo perfecto de imitación política, se extiende en su quinta sección en comentar las creencias mágicas y prácticas brujeriles de que informaba que se desarrollaban en el Simmental suizo, entre otras tierras centroeuropeas. Su celo en denunciar dichas prácticas, sin duda en gran parte exageradas por la represión que su conciencia cristiana imponía a sus propios instintos sexuales, llega al punto que su influencia es señalable años más tarde, en el infame manual caza-brujas, el Malleus Malleficarum, del inquisidor dominico y también infame Henricus Institoris, o Heinrich Kramer - escrito a pachas con Sprenger, otro que tal bailaba.


Es fácil suponer o imaginar una cierta pervivencia de los misterios sexuales de la diosa Citerea, en las tradiciones brujeriles que con tanto ahínco buscaban los inquisidores exterminar, durante los años oscuros de épocas pasadas. Sin embargo, es más probable que las gentes del Simmental suizo (no únicamente ellos, claro está) recordasen de manera difusa y fragmentaria los ritos milenarios de alguna diosa de la fertilidad germana local, o algo así. En todo caso, ambas, Afrodita y esa diosa germana de la fertilidad (Holda o Hel, por ejemplo), son arquetipos de una misma cosa, y se limitan a repetir su papel ancestral.

Como decimos, a los poetas y clérigos, deudores de una educación más o menos clásica (el cuadrivium y todo lo demás), no les quedó otra que interpretar el rumor de un culto a una diosa pagana como la remembranza distorsionada del culto a Afrodita, patrona y protectora de los oscuros secretos que el cuerpo esconde; secretos que los reprimidos y resentidos frailes sólo podían imaginar, en un listado de perversiones que su mente calenturienta ponía a su disposición, en la soledad onanista de sus celdas. En este caso, como en muchos otros, el cristianismo subvierte los valores de algo que, en origen, es una celebración de la vida, para pasar a formar parte de la lista de pecados mortales y condenatorios de la moral cristiana. Es más, y según señala el Viejo Coyote, si en los años medievales podían encontrarse gentes que tuviesen tratos con súcubos y otros espíritus venéreos, sobre todo habría que buscarlas en monasterios y sacristías.

Un amanerado Tannhäuser,
según Aubrey Beardsley

Pocos años han de pasar, para que la leyenda de Venusberg sea asociada con las aventuras del minnesänger Tannhäuser, caballero poeta; con ello, se da paso a la apropiación por parte de poetas y artistas (gentes más amables que los inquisidores, como se comprenderá) de esta materia legendaria, y poco a poco la narración irá tomando el aspecto con que se la conoce actualmente. Como una muestra citaremos el Mons Veneris de un tal Heinrich Kornmanns (1614); el Der getreue Eckart un der Tannenhäuser, firmada por Ludwig Tieck, de 1799; en 1816 los hermanos Grimm la incluyen entre las leyendas alemanas; y con ello llegamos a la versión más conocida y desarrollada del tema, que no es otra que la afamada ópera de Wagner, con el título completo de Tannhähuser und der Sängerkrieg auf Wartburg, de 1845; finalmente, y por no extendernos más, el Viejo Coyote no quería dejar pasar la ocasión de mencionar la obra erótica del artista marginal Aubrey Beardsley, su inacaba Under the Hill.

Continuará en la próxima entrega.

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